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INCERTEZAS

Un noche, ordinaria e intrascendente como cualquier otra, después de haber hecho el amor, me senté en la venta del cuarto a ver la luna brillar. Mientras fumaba un cigarrillo y saboreaba el espeso humo entre mis labios, se cruzó por mi cabeza que lo odiaba. Lo odiaba mucho, más de lo que alguna vez me creí capaz.

SER NADA

Me fui desarmando de a poquito, pedacito a pedacito. Se me estrujó el alma y, de pronto, emudecí. Y así me quedé, callada.

Con el tiempo, me empezó a gustar eso de estar callada, casi ausente. No sé, me pareció, que la vida se volvía inmejorablemente espléndida cuando me tomaba el tiempo de estar en silencio y vivir.