Un noche, ordinaria e intrascendente como cualquier otra, después de haber hecho el amor, me senté en la venta del cuarto a ver la luna brillar. Mientras fumaba un cigarrillo y saboreaba el espeso humo entre mis labios, se cruzó por mi cabeza que lo odiaba. Lo odiaba mucho, más de lo que alguna vez me creí capaz.